Lecciones sobre nuestro amor a los libros

Wood, James. Lo más parecido a la vida: lecciones sobre nuestro amor a los libros. Trad., Mariano Peyrou. Barcelona: Taurus, 2016. 155 p. (Pensamiento). ISBN 978-84-306-1814-9. 17,90 € en paper, 8,99 € llibre electrònic.

Hace tiempo me encargaron la redacción de una reseña de la obra Lo más parecido a la vida: lecciones sobre nuestro amor a los libros, una obra interesante y atractiva, según la solapa y la contracubierta... Está estructurada en cuatro largos capítulos: «¿Por qué?»; «Mirar en serio y caer en la cuenta»; «Usarlo todo»; y «La falta de un hogar secular». Cada uno de ellos se refiere a temas diferentes, sin aparente relación entre sí, a no ser el propio autor y que, de diferentes maneras, todos los capítulos tratan de libros y de escritores.

Al leerlo no pude intuir la relación entre el título y el contenido de la obra ni tampoco su hilo conductor, por lo que abandoné la reseña y comencé y acabé otros libros; afortunadamente, hace pocos días, este breve párrafo de Benjamin Franklin me dio la clave para retomarla: «...no me importaría vivir mi vida desde el principio hasta el final [...] haré lo que más se parece a ello, que es evocar los momentos de la que viví, poniendo por escrito mis recuerdos para darles una mayor permanencia».[1] Si, según Benjamin Franklin, lo más parecido a la vida es escribir los recuerdos, puedo entender que la parte más interesante de la obra de James Wood [2] son aquellos párrafos que se refieren a él mismo y no tanto a lo que señala el subtítulo Lecciones de nuestro amor a los libros. Además, la parte que me ha parecido más sugestiva son las muchas pinceladas que da sobre su vida desde que era un niño interno en Durham hasta su actual vida como profesor de la universidad de Harvard y crítico literario. Es por ello que comentaré algunas de estas pinceladas siguiendo el orden en el que aparecen y admirando la erudición y pasión de James Wood por la literatura.

1. ¿Por qué?

El autor asiste al funeral del joven hermano de uno de sus amigos, algo que le lleva a reflexiones profundas sobre la propia vida y a la gran pregunta universal y constante: ¿Por qué se muere la gente? Pregunta que, como otras sobre el mismo tema, se ha hecho el hombre siempre, pero nunca ha podido responder satisfactoriamente. Mucho antes de asistir a este funeral, el pequeño James Wood ya se había planteado esta pregunta y no había recibido respuesta, ni tampoco a otras preguntas trascendentales para cualquier persona y que se referían al origen de Dios, las hambrunas o los terremotos, la pobreza, las plagas o las discapacidades mentales y físicas y que él mismo resume en una: ¿Por qué hay tanto sufrimiento, tanta muerte? Mira a su infancia, a sus padres ‒un zoólogo y una maestra cristianos practicantes‒ a los que preguntaba por el origen de Dios, por las hambrunas, por la pobreza, por las plagas, por el cáncer... y por otros aspectos tan trascendentales como incomprensibles y aleatorios. Las respuestas ‒que los caminos del Señor eran incomprensibles y que ante lo incomprensible había que ser humilde‒ no satisfacían su curiosidad infantil, y el niño mentía o, mejor, ocultaba la gran verdad de su ateísmo y las pequeñas verdades de su vida, como que bebía una copa de más o que tenía una novia poco edificante.

James Wood recuerda la emoción que sintió al descubrir que la literatura de ficción le brindaba un espacio en el que todo podía pensarse y decirse y en el que se podía encontrar todo; incluso las obras consideradas canónicas tenían personajes que eran todo menos respetables. Y él, a escondidas de sus padres, disfrutaba del anticlericalismo de Cervantes, del ateísmo oculto de F. Dostoyevski o del erotismo de D. H. Lawrence. La ficción es la posibilidad de pensar o escribir lo que se quiera, y en ella la pregunta ¿por qué? está siempre presente; y si en la realidad la respuesta pasa por Dios, por un Dios garante de la harmonía y el orden, en la ficción Dios parece no tener nada que ver y todo está como siempre ha estado. La ficción, por ello, parece un peligro para la religión.

Leer una novela da la posibilidad de moverse entre un mensaje secular y uno religioso; el mensaje secular expande la vida mostrando escenas y detalles mínimos al ritmo del tiempo real. Así, una novela, cuando se lee, permite un enfoque secular y otro religioso, un caso y una forma. El enfoque secular expande los casos de nuestras vidas y quiere que sus personajes vivan para siempre. El enfoque religioso, por el contrario, recuerda que la vida está destinada a la muerte, que la vida es solo la muerte en espera. Walter Benjamin afirma que la narración clásica se estructura en torno a la muerte y que es ésta la que hace que la historia pueda transmitirse, pues la vida entera se contempla solo cuando la persona ha muerto. Contar una historia confiere al autor un poder «divino» sobre la vida de los personajes y sobre la forma en que luego son percibidos por los lectores. La flor azul de Penelope Fitzgerald, como tantas otras novelas, es una muestra del ¿por qué? y del movimiento de la novela entre el caso y la forma, pues los personajes mueren pero siguen allí cuando se vuelve a leer.

2. Mirar en serio y caer en la cuenta

James Wood se refiere al relato y a la vida propia que éste puede adquirir y a los otros relatos que puede originar. Así, Antón Chéjov, en El beso, narra cómo el joven y tímido capitán Riábovich ‒de pequeña estatura, que lleva gafas, tiene patillas y camina ligeramente encorvado‒ es invitado a un baile y en él recibe por error su primer beso de una mujer honesta. La mujer desaparece inmediatamente, pero el beso permanece; queda y se agranda sin cesar en la imaginación del oficial. Cuando éste explica la escena a sus compañeros le basta con un minuto y su narración no produce ningún efecto en ellos que, incluso, parecen no creer su relato. En la novela Loving, del británico Henry Green, editada en 1945, la joven criada Edith entra en la habitación de la señora Jack y la encuentra con el capitán Davenport, que no es su marido. La impresionada joven narra la escena al mayordomo Charley Raunce, la revive y la convierte en su escena con nuevos detalles; éstos son enigmáticos e imaginativos pues unos se van desdibujando y otros siguen nítidos.

Lo mismo ocurre con los propios recuerdos que escribimos y reescribimos sin cesar, o mejor, pensamos y repensamos sin cesar. Así, James Wood, al explicar sus recuerdos de sus años en Durham, sabe que, excepto la majestuosa catedral, allí todo ha cambiado. Lo mismo pasa en el relato «Charlas agradables» del estadounidense de origen bosnio Aleksandar Hemon, o al príncipe Andrei en Guerra y paz, que no pueden reconocer detalles porque en poco tiempo han cambiado mucho; así, Andrei no reconoce un árbol cuando, a poco de haberlo visto, pasa de nuevo a su lado y no percibe lo mucho que él mismo y el árbol han cambiado.

¿Qué es mirar en serio? Tommy Wilhelm, el personaje de Carpe diem de Saul Bellow, cuando ayuda a un anciano a cruzar la calle se da cuenta de que el codo del anciano es grande pero ligero; más tarde, cuando busca a su padre, vislumbra a dos hombres jugando al tenis y deduce, por su atuendo, diferentes detalles. Son los detalles los que permiten que el lector visualice claramente lo descrito y es esto lo que da calidad literaria a la descripción. Con frecuencia, la comprensión novelística permite la comprensión de la realidad, de las motivaciones de la gente y de lo que la gente espera de los otros.

3. Usarlo todo

El autor descubrió a los quince años la obra que más le ha impresionado, Novelas y novelistas, Guía del mundo de la ficción (Guide to modern world literature) de Martin Seymour-Smith[3] publicada en 1973. La adquirió ya de segunda mano, pues aunque presentaba un aspecto anodino, su título le pareció que anunciaba un mundo desconocido de datos y opiniones; de hecho acertó, pues en el libro halló además de las biografías de casi mil trescientos cincuenta autores con apreciaciones desiguales sobre ellos, capítulos sobre novela, novela negra, ciencia ficción o novela y cine. Es admirable el buen criterio del jovencísimo James Wood al juzgar la obra[4] pues intuyó que, aunque la obra podía presentar limitaciones, contenía también multitud de datos, opiniones y valoraciones; pudo comprobar que algunas valoraciones positivas coincidían con la opinión que él tenía de algunas obras, como Retrato de una dama de Henry James, que era materia de estudio en el colegio.

4. La falta de un hogar secular

James Wood inicia el último capítulo con el deseo de volver a escuchar la cadencia inglesa O nata lux de Thomas Tallis, que escuchó y cantó cuando solo tenía once años en la catedral de Durham; al acabar la pieza recibió una breve visita de su madre, que cada martes acudía al internado, que solo distaba unos dos kilómetros de la casa familiar.

Como en el caso del oficial Riábovich, la escena de la música y de la visita materna se repiten en la mente de James Wood y adquieren un aspecto onírico; pero el sueño permanece y la realidad cambia y a su vuelta a Durham ya no encuentra la ciudad de su sueño y sus padres ya no están. El autor abandonó su ciudad dos veces: cuando, acabados sus estudios universitarios, se marchó a Londres, y en 1995, cuando a los 30 años se trasladó a los Estados Unidos con su esposa norteamericana y allí se quedaron. Las escasas veces que ha vuelto han resultado decepcionantes, pues aunque con el viaje ha ganado mucho, también ha perdido mucho: ha perdido un país y un hogar, o quizá no.

Según Edward Said, quienes padecen la falta de hogar por motivos diversos son los exiliados, los refugiados, los expatriados y los emigrantes; pero, en realidad, solo padecen la falta de hogar quienes han tenido en el pasado un verdadero hogar. Los expatriados, los emigrados, los refugiados y los viajeros quieren morir en su lugar de origen, en su hogar; éstos, cuando ya han pasado mucho tiempo fuera del hogar, lo convierten en una emoción, en una realidad inalcanzable. Y una realidad inalcanzable porque se han olvidado de cómo era, porque han hecho del nuevo lugar su hogar, aunque sigan siendo forasteros y sientan siempre una cierta irrealidad que crece paralelamente al alejamiento casi imperceptible del hogar original. El exilio es la falta trágica de un hogar a causa del destierro.

Como conclusión de estas pocas páginas, decir que la lectura de Lo más parecido a la vida transmite un interés nuevo por muchos autores que James Wood conoce perfectamente y de los que muestra facetas no siempre intuidas por los lectores; que ofrece variadas interpretaciones que solo un crítico agudo y de gran erudición puede ofrecer, y finalmente, que es una obra para leer con tranquilidad y con un lápiz en la mano, pues nos puede mostrar aspectos desconocidos de autores bien conocidos y también autores mal conocidos pero de indudable calidad.

María Elvira y Silleras
mariaelvira@ub.edu
Profesora de la Facultat de Biblioteconomia i Documentació (UB)

Podeu fer-hi un tast de les primeres pàgines de l'obra.



[1] Franklin, Benjamin. Autobiografía y otros escritos. Edición preparada por Luis López Guerra. Madrid: Editora Nacional, 1982, p. 81-82.

[2] James Wood (Durham, Reino Unido, 1965) es profesor de Práctica de Crítica Literaria en la Universidad de Harvard, colaborador habitual del semanario The New Yorker, redactor de numerosos prólogos e introducciones para conocidas obras literarias, autor de la novela The book against Good (2003) y de los ensayos The broken estate: essays on literature and belief (1999), The irresponsible self: on laughter and the novel (2004), How fiction works (2008) y The fun stuff (2012). Está casado con Claire Messud, autora de Los hijos del emperador y Woman upstairs, entre otras; tienen dos hijos.

[3] Martin Seymour-Smith (Londres, 1928 - Bexhill-on-Sea, 1998), políglota, poeta, crítico literario y biógrafo británico, autor de Guide to modern world literature (1973), The 100 most influential books ever written (1998),The new astrologer (1981) y Gnosticism: the path of inner knowledge (1996).

[4] Este libro, revisado y ampliado, se publicó con el título MacMillan Guide to modern world literatura en 1986.

 

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